¿Qué título pondrías a tu historia en Terapia Intensiva?

Por: Lic. Mariana Pedace. Psicóloga UTIA / Psiquiatría HIBA.

Para comprender las experiencias, los seres humanos construimos significados a través del uso del lenguaje. Las palabras se van relacionando unas con otras mediante el establecimiento de una matriz que explica cómo son las cosas y, de esta manera, crea realidades. Esta matriz tiene la trama de un relato (Goncalves, Ó. F. 2002).

Los relatos facilitan la comprensión de temas complejos. Son la manera primaria de organizar nuestra vivencia y conocimiento: pensamos, aprendemos, soñamos, nos relacionamos, amamos y odiamos a través de los relatos (Carrió, S. 2016).

En ocasiones, la experiencia de un profesional en Terapia Intensiva resulta difícil de integrar a la trama narrativa de su vida por el alto impacto emocional que involucra. La falta de integración de esas vivencias genera una serie de perjuicios, tales como: malestar, insatisfacción, pérdida de sentido o propósito en el trabajo diario, entre otras (White, M., & Epston, D., 1993).

Todos los miembros de la comunidad UTI podemos desarrollar habilidades para armar relatos que nos permitan integrar  a nuestra historia personal las vivencias que tenemos en el ámbito profesional. Al hacerlo, no sólo accedemos a una comprensión más profunda de las mismas  sino que también tenemos chances de generar recursos internos para enfrentar el estrés derivado de trabajar en un sector con características tan particulares.

En esta línea, y casi como una propuesta lúdica, pedimos a distintos protagonistas de la Terapia Intensiva que respondan la siguiente pregunta:

“Imaginá que tu historia en UTI es una película o una novela, ¿qué título le pondrías?”.

Estas fueron algunas respuestas:

“Una pulseada con la muerte”, “Mi peor pesadilla” o “Acá vos de nuevo, otra vez la caída al abismo” (Jefe de Residentes de Terapia Intensiva)

“El día más triste”. (Médica Intensivista, 40 años)

“Hasta cuándo luchar” o  “Vivir una y otra vez lo mismo en qué me cambiará esta vez” (Residente de tercer año de Terapia Intensiva, Ecuador)

“No me salves” (Médica intensivista, 32 años)

“Infierno-purgatorio-paraíso” (Médico intensivista 59 años)

Para el nombre de una novela, elegiría una frase que una vez una paciente me dijo: “Sólo quiero que me duerman”… Agrego otra frase  que me movilizó también de un paciente:  “Con el dolor a cuestas” (Lic. en Enfermería de UTI, 28 años)

Yo le pondría un título llamativo que sea una especie de mensaje para los que trabajan allí y le dan lucha día a día a cada uno de los casos que se presentan: “Si no salgo en 10 días, déjenme morir. Gracias, los quiero” (Farmacéutica, 42 años, San Luis)

“Entre la vida y la muerte”.(Lic en Enfermería. UTI, 28 años)

“Todo lo concreto de mi mundo se ha terminado,se deshacen mis certezas y mis percepciones toman el mando del día a día; el miedo siempre está….” (Médica intensivista, 39 años) 

“Mis días en Terapia… una historia de amor y de odio” (Enfermera UTI)

Los títulos elegidos son frases dichas por pacientes: “Volví a nacer” y “No me dejes solo” (Lic en Enfermera UTI, 34 años)

“Alegrías y tristezas: dos caras de la misma moneda” (residente de UTI, pcia de Bs As)

“¿Porque a veces es tan difícil?” (kinesiólogo UTI, 29 años).

“Así no quiero morir…:una historia de sufrimiento que no escuchamos” (médica intensivista, 50 años)

“Frente a mis propios miedos” ( Kinesióloga UTI, 34 años)

“Y una vez al fin, el dolor disminuyó” / “Nunca pensé que lo podía querer tanto” (Médico Intensivista, Jefe de Servicio de UTIA)

“Los demonios me siguen de dia, y me asaltan de noche”. (Kinesiólogo UTIA, Coordinador)

“Entre el cielo y la tierra”, “No se lo desearías ni a tu peor enemigo”, “Endurecerse sin perder la ternura jamás” (Lic. en Enfermería de UTIA, especialista en neurointensivismo)

“Solo tengo que sanar a mi alma” o “Nadie se ilumina, sin enfrentarse con su propia oscuridad”  (Administrativa UTIA)

“Agujas y alarmas: una noche en el infierno” y “Temporada de delirio” (Residente UTIA)

Los títulos de las historias dejan entrever la intensidad emocional que involucra ser un profesional de Terapia Intensiva. Trabajar en esta área del hospital implica estar en contacto con las pérdidas  de la salud, de la autonomía, de la vida, de los deseos, de los proyectos y de los vínculos; no obstante, al mismo tiempo, con la posibilidad, de ayudar a aquellas personas que las enfrentan a sortearlas  o atravesarlas de la mejor manera posible.

Lidiar todos los días con la enfermedad crítica y las reacciones que se dan en torno a ella no es tarea sencilla. Por el contrario, requiere de determinación e inversión de un gran esfuerzo de forma constante. Tanta “intensidad” puede hacernos plantear si vale la seguir haciéndolo pero, a su vez, nos abre las puertas a tener una perspectiva de nosotros, los otros y el mundo absolutamente enriquecedora y plena de  sentido. No cualquiera puede participar de “batallas” tan movilizantes: poner en palabras la experiencia es un arma más para seguir haciéndolo.

Gracias a todos los que aportaron a este artículo!! 

¿Te animás a contarnos qué título le pondrías vos a tu historia en UTI?

 

 

Bibilografía

Carrió, S. (2016). Teaching and learning narratives skills with health professionals. The cultivation of senses and possibilities. Vertex (Buenos Aires, Argentina), 27(128), 280.

White, M., & Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos (pp. 53-87). Buenos Aires: Paidós.

Goncalves, Ó. F. (2002). Psicoterapia Cognitiva Narrativa: manual de terapia breve. Desclée de Brouwer.

Imagen: https://blog.fotolia.com/es/2015/12/15/larga-vida-al-papel/

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Comunicándonos con el paciente ventilado

Estar internado en Terapia Intensiva  es una experiencia estresante y, más aún, si uno es objeto de asistencia respiratoria mecánica. El estrés es un factor que afecta al estado emocional y puede interferir tanto en la adaptación al sistema de ventilación mecánica como en el destete posterior.  Los humanos somos seres sociales por naturaleza y lo que nos distingue de otras especies es la posibilidad de usar el lenguaje para relacionarnos. Es necesario que los profesionales de cuidados críticos  tomemos consciencia del impacto que tienen las limitaciones en la comunicación sobre los pacientes críticos en términos de sensaciones de angustia, pérdida de control y frustración. A continuación presentamos la crónica de una enfermera de Terapia Intensiva del Hospital Italiano, la Lic. Viviana Arancibia, sobre la experiencia de atender a un paciente ventilado durante una guardia de domingo. 

Crónica de una guardia de domingo

Un domingo fui a trabajar al Hospital y me tocó asistir a un paciente que no podía hablar. Entre las cuatro paredes blancas de su habitación, estaba Antonio acostado en la cama, traqueostomizado, conectado a un respirador y a un multiparamétrico. Se encontraba lúcido, respondía órdenes simples y tenía el miembro superior derecho contenido.  

Al acercarme a su cama, me presenté: -“Antonio, mi nombre es Viviana y voy hacer tu enfermera durante toda la guardia….”-.  Así comenzó nuestro contacto.

No era fácil el intercambio entre ambos. Él respondía con gestos y movimientos de la cabeza.  Algunas cosas creo que nos ayudaron, por ejemplo: llamarlo por su nombre, mirarlo a la cara cuando hablábamos, explicarle los procedimientos que íbamos hacer y preguntarle en cada caso cómo se sentía o si tenía dolor. Así se iba inscribiendo nuestro diálogo. Varias veces intuí que quería decirme que estaba cansado, muy agotado…Yo, trataba de alentarlo poniendo énfasis en que su estado actual iba a pasar y en que todo lo que hacíamos y él toleraba era en pos de su recuperación. Algunas veces, tuve la necesidad de decirle: -“Antonio yo estoy para ayudarte”-,  e incluso, en ocasiones, al hacerlo, le sostuve la mano.

Al rato de habernos conocido, me comunicó con gestos que no quería estar físicamente contenido. Le retiré entonces la sujeción, pero expresándole que era muy importante que no tratara de sacarse nada de lo que tenía puesto ya que, en ese caso, debería volver a contenerlo por su bien. Le sugerí que moviera las manos e hiciera  pequeños ejercicios, a lo cual accedió con entusiasmo. A veces, no es necesario que el paciente pueda hablar: hay miradas, gestos y brillos en los ojos que dicen más que mil palabras. En definitiva, no hay nada nuevo: la empatía, la dedicación y la inclusión en las decisiones del tratamiento son aspectos que siempre ayudan a acercarnos a los pacientes

Nuestra UTIA es de puertas abiertas. Estuvimos toda la mañana solos, la familia de Antonio vino por la tarde.  Luego del mediodía lo higienizamos con mi compañera Vanesa:  le lavamos la cara, el cabello, curamos escaras, procurando siempre proteger su privacidad. En tono cómplice, recuerdo que dijimos al.finalizar: -“Antonio te dejamos diez puntos para recibir a tu familia”-.

Cuando llegaron sus seres queridos, traté de no interferir para que disfruten del encuentro. Con su esposa estuvo mucho tiempo escuchando tangos. Luego, entró otra señora, que supuse que era su hermana. Cuando ellas se retiraron, quise chequear si estaba en lo cierto y le pregunté: – “Antonio, ¿esa señora es tu hermana?”-. Con la cabeza y cerrando los ojos me dijo si… Lo pude imaginar por como él la miraba….

Habíamos entablado una hermosa relación  a pesar del corto tiempo compartido. Durante las catorce horas que lo asistí estuvo con pocas molestias y mayormente tranquilo. Traté de hacerlo sentir que contaba con mi apoyo y atención.

Casi al finalizar mi turno, le avisé que faltaba poco para que me fuera. Entonces empecé a cambiar la  tubuladura y colgar un paralelo de insulina. En ese momento, pasó algo que me emocionó hasta las lágrimas: estiró el brazo, me agarró la mano, me miró y me regaló una hermosa sonrisa. Sentí entonces que todo valió la pena.

Fue una guardia  gratificante en la cual tuve la impresión de haber podido aliviar y acompañar al paciente, al menos, en una alguna medida. Estas experiencias son las que me hacen pensar que volvería a elegir ser enfermera  una y mil veces más.”


Esta crónica ilustra que para mejorar la asistencia a  pacientes ventilados, es importante elegir estrategias de comunicación que se adapten al perfil de sus posibilidades. Algunas pautas a considerar en este sentido son:

  • Captar la atención del paciente antes de dirigirnos a él
  • Llamarlo por su nombre
  • Mantener el contacto visual
  • Hablar lentamente usando frases cortas y simples
  • Gesticular y señalar
  • Apelar a recursos de comunicación alternativa aumentativa (tableros con letras, palabras o pictogramas en app en papel)
  • Dar tiempo a la respuesta
  • Repetir el mensaje que uno recibió para asegurar que ha sido comprendido

Somos seres sociales por excelencia. Velar por la comunicación durante la internación en Terapia Intensiva facilita la adaptación a la ventilación mecánica, potencia los resultados del tratamiento, previene trastornos mentales y mejora la calidad de vida de los pacientes.

Viviana Karina Arancibia es Licenciada en Enfermería de la Unidad de Terapia Intensiva de Adultos del Hospital Italiano de Buenos Aires. Se desempeña en el sector de Reconstitución de medicación y hace guardias como enfermera asistencial.

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Dejar la Terapia Intensiva: la experiencia de un paciente

Mariano Magariños (44 años),  autor del libro “Es Complicado”, relata la historia de su enfermedad y propone una guía práctica sobre cómo enfrentar las dificultades derivadas de la internación y el tratamiento.  Su objetivo es ayudar a todos los que atraviesen situaciones en las que un problema de salud cambia drásticamente el curso de su vida.

A continuación transcribimos una de las anécdotas en la que narra el paso de la Terapia Intensiva al piso. Leerlo nos hace reflexionar sobre la dependencia que a veces se genera en los pacientes críticos respecto de la dinámica de trabajo en el sector y sobre la necesidad, cada vez mayor, de considerar un modelo de gestión asistencial como el de “UTI sin paredes” con el fin de mejorar la seguridad y calidad de vida de nuestros pacientes.

Fiebre de sábado por la noche

Por Mariano Magariños / Contacto: magara60@hotmail.com

Recuerdo que era mi cuarto día de terapia intensiva, estaba con mi hermana.

Aproximadamente a las 20.30hs., había llegado la cena, y mientras disfrutaba de unos segundos de calma porque no tenía dolor, ni náuseas, ni malestar, ni cirugía, ni mareos, ni baja de presión, ni ninguno de todos los síntomas habituales… se rompe la paz cuando el médico de terapia viene y dice:

— ¡¡¡Te pasan al piso!!! ¿¿Qué?? ¿¿Un sábado a la noche??

No podía ser más inoportuna la noticia: pasar de estar atendido las 24hs., todo el tiempo, con un nivel de cuidado y atención que nunca imaginé, a lo desconocido. Justo un fin de semana, y más aún un sábado y peor aún… ¿¿a la noche?? De entrada me negué rotundamente a hacerlo.

Ante mi negativa, el médico empezó con extrema paciencia a explicarme los riesgos de estar innecesariamente en terapia intensiva. Me contó que el lugar al que me mandaban era el más nuevo del hospital, que era muy complejo conseguir habitación y que si rechazaba esa quizás la ocuparían en segundos porque había como quince personas en los box es de la guardia y mucha otra gente esperando cama.

Yo para mis adentros decía: «¿qué me importa? Que se ocupe, quiero hacer toda mi internación en terapia intensiva». Recuerdo que parecía la NASA (aunque no conozco mucho la administración espacial nacional), uno ahí verdaderamente se sentía seguro. Sabía que cualquier inconveniente que ocurriera lo iban a resolver de la mejor forma posible; no tengo otra cosa que elogios para la mejor terapia intensiva.

Esa terapia era única, y a mi entender y el de todas las personas que alguna vez pasaron una necesidad de este tipo, es la única unidad que está abierta las 24 hs.

Es decir, en el momento en que uno está más necesitado, asustado, dolorido, desprovisto y confundido, en la mayoría de los lugares tenés que estar solo o en el mejor de los casos con una enfermera, según el tiempo que tenga para dedicarte. En la terapia intensiva del Hospital Italiano alguien tuvo la brillante idea (se merece un monumento al cuidado del paciente) de permitirle a un acompañante asistir al enfermo ni bien se despierta de la anestesia. Sí, así como lo lee.

Ni bien desperté ya estaban mi mujer y mi hermana, ayudándome, cuidándome de todo lo que fuera posible, buscándome de a poco las cosas que iban haciendo falta.

No solo podían acompañarte durante el día sino también a la noche. No subestimemos a la noche, ¿no? ¿Quién está tranquilo y seguro cuando se siente tan desvalido, cortado y cosido por todos lados, con monitores, sondas y cablecitos colgando por la totalidad del cuerpo?

Por fortuna, alguien tomó una decisión brillante y una persona, sea familiar o no, se podía quedar con nosotros toda la noche para hacernos compañía, ayudarnos a rotar en la cama, lavarnos los dientes o lo que fuera.

Tengo en la memoria los reflejos (nunca pude ver en forma directa porque no tenía movilidad) de la hermosa vista que había desde ahí, que era el último piso.

Era un lugar extremadamente moderno y tecnológico, todo nuevo, muy cuidado, con una atención inmejorable al igual que en la zona de quirófano, todo lo mejor.

Pero bueno, después de estas bondades, ¿debía irme? Me sentía cuidado, excelentemente atendido y protegido y justo de noche en medio de un fin de semana, ¿tenía que irme de ahí?

En medio de mi consternación, apareció un camillero con cara de «¿a quién se le ocurre hacer un traslado un sábado a las 21 hs.?» y después de tanto convencerme el médico acepté el traslado, me encomendé a Dios y dejé el lugar rompiendo el refrán «Más vale malo conocido…». Acá era «Más vale excelente conocido…», por es o costaba tanto.

Levantamos campamento con mi hermana, tomé coraje, me pasaron en bloque a la camilla de traslado y fuimos a lo que parecía mi primer paseo por un lugar nuevo. Yo conocía el hospital en días hábiles, de haber ido a las consultas o ES COMPLICADO, mismo el día de la internación, pero verlo un sábado a la noche fue una experiencia bastante diferente. La palabra desolador queda chica, y mientras nos acercábamos más y más al piso, más silencio y más vacío.

Ni bien llegamos a la sala de espera del lugar de internación, se vio algo más de luz, y estaba más vacía que los demás lugares.

Finalmente llegamos al cuarto y si bien inmediatamente se presentó un enfermero, de forma impecable y profesional, recomiendo si es factible y está a su alcance, llegar al piso en horario y día hábil, sobre todo de mañana.

Fue una primera noche que no olvidaré y le estaré agradecido de por vida a mi hermana por acompañarme en ese momento tan duro de mi vida. Solo quería que esa noche terminara y asomara alguna claridad por la ventana cuanto antes. Recuerdo haber extrañado mucho terapia intensiva y los días subsiguientes, con cada complicación que surgía en mi recuperación fantaseaba con que me llevasen arriba (sé que es ilógico, pero frente al malestar, uno quiere volver al sitio donde se sintió seguro y bien atendido ).

Afortunadamente nunca tuve que regresar a terapia, pero me queda un muy buen recuerdo de todo lo vivido en esa unidad (y eso que estaba hecho pelota y cortado a lo «Frankenstein»).

Fuente: Magariños, Mariano Andrés “ES COMPLICADO, historia de una gran cirugía Autogestión y preparación para cirugía. Basado en hechos reales y actuales.” Pag 252 a 255. 1ª. Ed. Buenos Aires, promoonline 10/2016.

Contacto: magara60@hotmail.com

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Los intensivistas también narran

Los médicos intensivistas son testigos de situaciones dramáticas que atraviesan pacientes y familiares. La posibilidad de narrarlas permite captar la magia que involucran a pesar del dolor y darle otro significado. A continuación, presentamos un relato de la Dra. Emilce Del Valle Cortez, Jefa de la Terapia Intensiva del Hospital Español y coordinadora de UTIM del Hospital Italiano de Buenos Aires, respecto de un paciente mayor que es acompañado por su mujer.

“Me acerqué despacio, bien cerquita, me quedé mirando….sucedía: él recostado sobre su cama, la había hecho suya por el simple y trascendente motivo de ser “el paciente”- no ya “un paciente”- . Tenía la identidad del vulnerable con el derecho de la sublime vida….Respiraba tranquilo, muy acompasado, como si algo hiciera ese trabajo por él….Y así transcurrían al parecer ciclos….y ciclos…y más…ojos cerrados….¿soñando quizás?
Su rostro marcaba su edad…¿la estimaba?. Rostro plácido, ¿durmiente soñando, tal vez?
Una mano pálida, con arrugas, con firmeza sujetaba una de las manos algo hinchada por cierto, tensa, del varón dormido…Acariciaba y sobaba primero una mano y luego la otra…Él estaba como rotado….plácido.
Ella mostraba, al estar sentada sobre una silla baja, su edad; su cuerpo en una posición hacia adelante, algo arqueada parecía sumisa…como esperando…¿soñando quizás?
Sucedía como todos los días en su visita…Se incorporaba con cierta dificultad. Muy cuidadosa, elevaba sus ojos hacia el techo que parecía ser su cielo. Luego miraba a su alrededor y acomodaba la sábana una vez, dos y tres….para que él no tuviese frío -decía-. Luego, se apoyaba en la baranda, apenas elevaba sus talones del piso y su mano con arrugas primero, tocaba el pecho y luego la frente del dormido….
Sucedía el ritual…en su visita…todos los días. A través del vidrio….Me quedé mirando cerquita….”
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Enfoque temporal de un médico intensivista

Dr. Marcos Las Heras, médico especialista en Cuidados Críticos y Neumonología, Coordinador Asistencial de Terapia Intensiva de Adultos del Hospital Italiano de Buenos Aires

Los continuos avances y cambios en la medicina moderna nos han centrado en un enfoque con una tendencia  biologista, basándonos en resultados de estudios, trabajos y pruebas,  lo que resulta en la toma de decisiones en lo inmediato y nos aleja de un razonamiento temporal fundamentado en las condiciones futuras de los pacientes, sus familias y su entorno.

La formación de los médicos especialistas de cuidados críticos tiene un enfoque principalmente técnico, con una notable carencia de filosofía, antropología y psicología, siendo esta una de las tantas razones sobre cómo definimos nuestra mirada, nuestro contexto y nuestras decisiones.

Cada uno de nosotros somos observadores diferentes, y probablemente vemos nuestra vida como los observadores que somos y no como en realidad pueda llegar a ser.  Un ejemplo simple se relaciona con nuestros sentidos; los sonidos, sabores, olores que percibimos continuamente generan diferentes estímulos sensoriales en cada uno  de nosotros y como consecuencia de ello, nos puede gustar o no una comida, un perfume o un color.

Rafael Echeverría en su libro Ontología del lenguaje, menciona:   

“No sabemos cómo las cosas son.  Solo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en mundo interpretativo”

 Entonces: ¿Deberíamos preguntarnos, si observamos  las cosas como  en realidad son o   como nosotros somos? Estas preguntas trascendentales son las que deberíamos hacernos cuando nos enfrentamos a decisiones trascendentales sobre el futuro de pacientes críticos y quizás con un mayor énfasis en aquellos que están viviendo la etapa final de su vida. Este enfoque antropológico debiera estar unido al biológico, para ir en una misma dirección y complementarse el uno con el otro teniendo en cuenta las consecuencias que se generan cuando se pierde este equilibrio. El enfoque puramente biológico, nos hace apoyar nuestras decisiones en ensayos, cohortes,  metaanálisis, reportes, opiniones de expertos, y como sabemos, la medicina ha sido, en el último tiempo, uno de los  mayores cementerios de verdades.

Hace aproximadamente 4 años, encaramos un trabajo en pacientes ancianos, mayores de 65 años, con  el objetivo de realizar su evaluación clínica, respiratoria, nutricional, motora y de calidad de vida a los 3 y 6 meses, y al año luego de ser sometidos a ventilación mecánica por más de 48 horas en nuestra unidad de cuidados críticos. A raíz de este trabajo comencé a notar las consecuencias de nuestras decisiones y el impacto que generaban en los pacientes, en su entorno familiar, social y económico.

En esta experiencia, conocí a una  paciente que me movilizó profundamente, y me llevó a replantear lo que hacemos todos los días. Dora, de 86 años, es una persona frágil con las consecuencias a cuestas de una larga vida;  sufría caídas a repetición, lo que puede llegar a ser un problema potencialmente mortal en este grupo etario.  Una  de sus caídas le generó un traumatismo torácico con una internación de 7 días en nuestra unidad, luego pasó a una sala de internación general y nos olvidamos de ella.

En su control ambulatorio a los meses del alta, descubrí una anciana decaída, angustiada y profundamente triste, que lloraba continuamente en la consulta. Me detalló su rutina diaria, haciendo referencia a lo bien cuidada que está en el geriátrico en donde por norma a todos los integrantes los baña el personal lo que le genera una terrible vergüenza, también tiene asistencia kinesiológica  y una vez a la semana  concurre un músico que toca la guitarra a pedido de ellos. Sin embargo, esto no le es suficiente y su única  motivación es que el gato del geriátrico tenga agua y comida, lo que le permite sobrellevar su monotonía diaria.

A pesar de todos los cuidados que se les brinda, Dora pide volver a su casa, estar con su perro y visitar a su hermano que se encuentra comprometido de salud; insiste en forma repetitiva que su vida cambiaría y sería feliz si pudiera volver a su casa.

Si bien esta situación no es la que se repite en forma rutinaria, y muchos de estos pacientes vuelven a tener su vida previa, y en algunos casos el episodio traumático de la internación les genera cambios personales tan profundos que los lleva a reevaluar su existencia, creo que tenemos que analizar cómo cambiar nuestra toma de decisiones en el grupo de pacientes con edad extrema  (> 80 años)  que cada día son la población más dominante en las unidades de cuidados críticos, y cuya población va a continuar en crecimiento en los próximos años.

Un estudio multicéntrico  realizado en 24 hospitales Canadienses, muestra  que un tercio de los pacientes mayores de 80 años ingresados en unidades de cuidados críticos murieron en el hospital, siendo las tasas de mortalidad más elevadas en el grupo de pacientes más frágiles,  muchos ellos luego de una estancia prolongada y recibiendo  intervenciones agresivas de mantenimiento de la vida.

La edad por sí sola no debería ser una limitante para el ingreso a las unidades de cuidados críticos,  sin embargo lo estudios de mortalidad muestran una gran variabilidad de datos en este grupo etario. Sumado al rango de edad, se debería evaluar su estado funcional y su  calidad de vida en el contexto de la patología que motiva la internación. Se carece de estudios prospectivos de seguimiento a largo plazo que nos permitan tomar decisiones, teniendo en cuenta múltiples factores como la necesidad de un cuidador para las actividades diarias, la disponibilidad de centros de asistencia a personas ancianas, el entorno familiar, social y económico  en este grupo de pacientes.

Conceptos como la limitación del esfuerzo terapéutico, íntimamente relacionada con la comunicación  de los médicos con los pacientes y sus familiares sobre diferentes aspectos como la retirada o no progresión de medidas terapéuticas, podrían ser consideradas agresivas y fútiles, y debieran ser tenidas en cuenta ya que son parte de nuestra  responsabilidad e idoneidad como médicos tratantes.

En su  libro, Ser mortal, Atul Gawande nos muestra sus recorridos sobre esta problemática,  su correlación con las diferentes culturas y como la vida actual, donde los costos de la salud, el individualismo de las sociedades occidentales, y la gran cantidad de horas que dedicamos a nuestras actividades laborales, hace que nuestros padres y abuelos se encuentren cada vez más apartados de su familias en el contexto de una mayor expectativa de vida.

Necesitamos de médicos de familia, geriatras e intensivistas que se comprometan a un cambio, generando un nuevo modelo de atención y formación para las nuevas generaciones de médicos que les permita afrontar y comprometerse con este nuevo problema endémico que se nos está presentando. Asimismo, se necesita más investigación con un enfoque más amplio en esta población, que nos brinde herramientas para facilitar la toma de decisiones y ante todo entender que el trabajo, de base, debe ser un acto de amor y no una boda de conveniencia.

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Vivencias y reflexiones gestadas en la sala de espera de UTIA

El siguiente texto fue escrito por la esposa de un paciente que estuvo internado en Terapia Intensiva durante 25 días en los momentos que ella permanecía en la sala de espera. El mismo pone de manifiesto sus vivencias con muchos matices y lucidez. Las reflexiones que acompañan su experiencia constituye un aporte valioso tanto para las personas que atraviesan una situación similar como para los profesionales y el personal de Cuidados Críticos. Imperdible su lectura.

 

Terapia intensiva: 

Un lugar donde el tiempo transcurre de formas muy diferentes, según quién es el protagonista.

La terapia intensiva es como un escenario giratorio. Las diversas circunstancias van ubicando a los personajes, a veces como protagonistas, y en otras ocasiones como actores de reparto. Para los familiares, el protagonista es el paciente internado. Y para los médicos, enfermeros y kinesiólogos, en principio, también. Pero pasado cierto tiempo, después de internar al paciente, ubicarlo en la habitación, conectarlo al respirador si fuese necesario, hacer los primeros análisis que permitan al médico facilitar una compresión diagnóstica, el protagonista pasa a ser el médico.

En esta instancia, para los familiares existen dos protagonistas: su familiar y el médico. A ambos los unen la necesidad imperiosa de estar en contacto, de hacerles saber que allí están, presentes, acompañando el minuto a minuto. En cambio, para los profesionales de la terapia intensiva, el protagonista indiscutible es el médico, quien en esta situación sufre una metamorfosis. Quizás ayudado por su guardapolvo blanco y por el mito popular sobre la imagen divina, él se transforma en un dios en la Tierra. Los familiares depositan en el médico el poder de la sanación, y a su vez él siente que tiene un poder cuasi omnímodo que le permite ver y pensar por el paciente, y en el paciente.

Así es como el convaleciente deja de ser el protagonista, transformándose en un objeto, muy preciado y cuidado, pero un objeto al fin. Y la extrema pasividad en la que se encuentra, potencia y facilita que también él mismo se sienta como tal.

Aun teniendo en cuenta que la gran mayoría de los pacientes internados sufren de desorientación témporo-espacial, y que otros presentan alucinaciones o pensamientos delirantes, manifestaciones éstas últimas que no son permanentes, cuando el paciente recobra cierto grado de conciencia se vivencia a sí mismo como un objeto.

En este punto me parece útil explicitar el hecho de que en todo delirio siempre hay un núcleo verdadero, es decir que el delirio de una persona expresa de manera, digamos barroca, aspectos de su historia que en general son relevantes para ella.

Parafraseando una canción de Pablo Milanés, “El tiempo pasa…”, y aquella persona extremadamente pasiva comienza a ocupar nuevamente su cuerpo. Su presencia comienza a expresarse. Desde el lenguaje médico se dirá que están cambiando favorablemente los valores de laboratorio, desde lo psíquico decimos que su deseo de vida está re-instalándose en su cuerpo, del que había quedado disociado cuando se produjo el shock que lo llevó a la internación.

 

Querido lector,

Aquí comienza otra vez a girar el escenario. El paciente quiere ser escuchado. El médico, dios terrenal hasta este momento, se siente interpelado por la mirada de aquel que unos momentos atrás era un objeto preciado. Pero la mirada del paciente también se transforma en un espejo, poniendo de manifiesto una situación que podría vivir cualquier mortal y, ¡claro! el médico también lo es.

Entonces, ¿cómo seguir trabajando de un modo eficaz al servicio del paciente, sin quedar atrapados de alguna manera en la imagen fascinante de lo posible? Porque es conveniente aclarar que el terror también genera fascinación. ¿Cómo dejar ese lugar cuasi endiosado y continuar acompañando al otro, ya no objeto sino sujeto con nombre y apellido?

Se impone modificar la asimetría. Ahora hay dos hombres, uno que sufre dolores en su cuerpo y en su alma como consecuencia de la vivencia desbordante que lo llevó a la internación. Y un segundo, que siente en su cuerpo y en su alma diferentes sensaciones y emociones y, ¿por qué no?, ciertos síntomas, como resultado de este acompañamiento intensivo.

El paciente, en la gran mayoría de los casos, llegó a este lugar tan temido -y en la situación extrema, paradójicamente tan deseado-, en un estado de shock que le impide saber realmente lo que le está sucediendo. Los familiares agradecen a Dios, sean creyentes o no, que su querido familiar ya esté en la unidad de cuidados intensivos. ¿Podría el médico, en una situación tan extrema, en donde cada segundo cuenta, trabajar sin cosificar al paciente?

Hace muchos años, imaginar el escenario de la terapia intensiva era, para el saber popular, comenzar un duelo que se postergaría por un cierto tiempo, una suerte de final anunciado. Hoy, gracias a los avances en el campo de la medicina y la tecnología y a la calidad del compromiso de los profesionales, la terapia intensiva es para los familiares un lugar sumamente inquietante pero también lleno de expectativas positivas.

¿Cómo humanizar este bendito escenario tan complejo?

 

Querido lector,

Con el mayor de los respetos que tengo por los queridos locos que eligieron ser médicos especialistas en terapia intensiva, entre los que se encuentra uno muy querido: mi esposo, creo que la posibilidad de humanizar este escenario reside en no temerle al paciente.

¿Cuál es el poder que tiene esa persona convertida en un objeto para generar cierto grado de temor? Como dije al comienzo, en este escenario giratorio en el que el tiempo transcurre de maneras muy diversas, a veces un minuto es una eternidad y otras pareciera un segundo. Se crea como un juego de máscaras en el que, por momentos, los médicos ven un objeto preciado, los familiares ven a un dios terreno y, en determinado tiempo que nadie sabe cuándo ocurrirá, aparece un sujeto, aparece un hombre o una mujer que al mirar provoca la caída de las máscaras en juego, en un principio la propia, y luego las de los demás actores.

Así, el poder del paciente  nace de ser simplemente un mortal, como todos los magníficos actores de este drama.

Pero…

Escuchar al paciente podría convertirse en algo así como una película futurista que trae al presente la posibilidad de una vivencia de este tipo en el futuro. Imaginarse, sentirse empáticamente desposeído, quieto y a la espera de lo que otros decidan es, para cualquier persona, y particularmente para estos queridos locos, una escena temida.

Entonces…

Justamente porque el paciente expresa una posibilidad de la vida, es que sería muy importante trabajar, con los profesionales, las ansiedades que conlleva su tarea. Ayudarlos a perder el miedo a la propia emoción en el devenir de este admirable seguimiento y acompañamiento.

Escuchar, tener en cuenta al otro, es lo que considero que podría facilitar los ineludibles protocolos de procedimiento, de acuerdo con la particularidad de cada paciente.

Pero entonces…

Tendríamos que poder acordar que no solo hay enfermedades, sino también enfermos, personas con su historia de vida que manifiestan, cada uno de un modo particular, la enfermedad.

Lic. Mónica Pelcman

Psicóloga

MN 9745

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