El dolor y el sufrimiento del paciente

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El dolor es una experiencia universal ya que todos en algún momento de nuestra vida lo hemos experimentado. En particular, para los profesionales de la salud es un problema muy frecuente. Es un síntoma que acompaña a muchas enfermedades aunque existen dolores sin enfermedad demostrable. Para la Sociedad Internacional dedicada a su estudio, es “una experiencia desagradable, sensorial y emocional, asociada a una lesión real o potencial, que se describe como daño”.

El dolor radica en el cuerpo. En la mayoría de los casos la anamnesis y el examen físico orientan  hacia la enfermedad que lo causa o ayudan a discriminar las hipótesis diagnósticas relevantes o más probables en su etiología. Su valoración es aprendida en todas las carreras vinculadas a la salud. Contamos con fármacos y estrategias para calmarlo o paliarlo. Podemos explicarlo en términos según modelos neurofisiológicos cada vez más sofisticados.  Ahora bien, cabe preguntarnos, el dolor, ¿es sólo lo que estamos acostumbrados a ver e interrogar? ¿es únicamente la reacción física de los pacientes retirando o contrayendo su cuerpo ante la mano que palpa? No, seguramente a diario nos encontramos con otras aristas que dan cuenta de la complejidad de la experiencia dolorosa. El dolor atraviesa el cuerpo y se introduce en la subjetividad de los pacientes, tensando cuerdas interiores ocultas o apenas manifiestas.

La relación de la sociedad occidental contemporánea con el dolor puede describirse, a grandes rasgos, mediante dos vocablos: algofobia y analgofilia. La algofobia es el miedo, aversión, rechazo, intolerancia al dolor en cualquiera de sus formas. La analgofilia es el apego al consumo de analgésicos, la disposición a utilizarlos en cualquier clase de dolor o incluso con el fin de prevenir su aparición. La Agencia Europea del Medicamento alertó en 2015 sobre el alto consumo de ibuprofeno y paracetamol y las consecuencias que ello trae aparejado.

Los avances en materia de diagnóstico y tratamiento del dolor físico son tan significativos y de conocimiento público que contribuyeron a la ilusión de una vida sin dolor: las personas exigen que se les calme, que los procedimientos sean indoloros, que el nacimiento y la muerte estén privados de dolor. Todos somos algofóbicos en alguna medida y rechazamos cualquier clase de molestia o tormento.

En este punto debemos diferenciar el dolor del sufrimiento. El sufrimiento, con o sin dolor físico, es una sensación más difusa, pues radica en su psiquis e impregna a la totalidad del sujeto. Se instala en las entrañas, en el ánimo y en la voluntad. Afecta, incluso, a quienes rodean al sufriente (sufrimos al ver sufrir).

Los alcances del sufrimiento, su vocación de generalidad, la colonización del conjunto de la persona tiene mucho que ver con un efecto inmediato de la enfermedad: la interrupción del flujo vital del individuo, la suspensión de sus expectativas y proyectos personales. Es que la enfermedad es siempre, en mayor o menor grado, un paréntesis. Implica quiebre y fragmentación de la vida. Nos sumerge en la incertidumbre y el desamparo. Nos llena de preguntas, las primeras de las cuales son con frecuencia: ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo para sentirme tan mal? El sufrimiento origina turbulencia emocional y conlleva la revelación cruda de la vulnerabilidad del ser y la finitud de la vida.

“…Pero no fue el sufrimiento mismo su problema, sino la ausencia de respuesta al grito de la pregunta ¿para qué sufrir?.” Friedrich Nietzsche 

La ausencia de sentido al sufrimiento es lo que verdaderamente lo potencia. Comprenderlo o aceptarlo es algo que parece muy difícil, y en muchas ocasiones,  hasta imposible.  Estamos todo el tiempo deseando que las cosas sean de tal o cual forma: las personas, el trabajo, los acontecimientos, etc. Cuando no podemos controlar lo que sucede, nos angustiamos y  lo rechazamos.  Actualmente el hombre se preocupa por lograr producir, hacer, tener y cree que  sólo puede realizarse en el éxito y la alegría, eludiendo con ímpetu el malestar,  el dolor y al fracaso que son parte de la vida. Por esta razón, el surgimiento de una enfermedad o el dolor lo hace  caer preso de la desesperación. El desafío para el hombre actual es lograr aceptar el sufrimiento como un aspecto ineludible de la existencia  humana y poder realizarse aunque exista. Es decir, ser capaz de encontrar una razón para ese sufrimiento,y transformarlo  en acción. El sentido de vida es una cuestión de hecho, no de fe. Es algo que nos impulsa a hacer, a movernos, a ir hacia ese fin. Por ejemplo, el sufrimiento nos puede servir para: desarrollar fortaleza interna, reorganizar prioridades, valorar cosas que pasaban inadvertidas antes, ser un modelo para otros de cómo seguir luchando a pesar de los obstáculos, dar testimonio a otras personas que pasan la misma experiencia y ayudarlas, etc. El que encuentra un sentido a lo que le pasa no podrá nunca tirar su vida por la borda.  Hallar el “por qué” permite soportar casi cualquier “cómo”. 

En este contexto, la tarea de los profesionales de la salud consiste no sólo en instrumentar todos los medios necesarios para combatir la enfermedad, sino en acompañar a las personas en la aceptación del dolor y el sufrimiento, advirtiendo que existe la posibilidad de crecer y realizarse en y a pesar de ellos.  Es decir, asumir una perspectiva integral de la experiencia dolorosa del paciente que contemple variables fisiológicas, psicológicas y existenciales y que, parafraseando a Hipócrates, oriente a los especialistas a que “no intenten jamás curar el cuerpo sin, al mismo tiempo, estar curando el alma”.

Mariana Pedace

Psicóloga HIBA

 

Referencias

 Aguilar Fleitas, B. (2016). Dolor y sufrimiento en medicina. Revista Uruguaya de Cardiología, 31(1), 10-14., bajo licencia Creative Commons 3.0- Parte de texto tomado y modificadoPuede leerlo haciendo click aquí

Frankl, V. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder Editorial.

Nietzsche, F (2000) La genealogía moral.  Madrid, Edaf.

 

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