Entre culturas y diagnósticos: Antropología de la Salud

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por Verónica Reyero*

Comprender la cultura de cada pueblo es clave para entender cómo interpretan otros la salud y la enfermedad.  Las personas respondemos de manera diferente a la enfermedad dependiendo de multitud de variables: la edad, el género, el status social, el sistema de valores en el que hayamos sido educados. Por ende, y teniendo en cuenta el creciente fenómeno de globalización, los sistemas de salud tienen que comprender y respetar la diversidad y variabilidad humana. Afrontar los retos sanitarios del futuro, pasa necesariamente por incluir profesionales que aborden la salud holísticamente y que nos ayuden a comprender los entresijos que hay detrás de este tema.

La antropología de la salud ha desarrollado numerosas aportaciones teóricas que nutren los debates médicos y nos obligan a cuestionarnos cosas tan importantes como “¿qué es normalidad biológica y qué es normatividad social?”, “¿cómo afecta la relación médico paciente a la percepción de salud que tienen las personas?” o, “¿qué es realmente “estar enfermo” y qué es la enfermedad?” De este tipo de preguntas nacen nuevas dimensiones de estudio. Por ejemplo, aquellos que trabajamos en el ámbito de la antropología de la salud tenemos tres formas de entender la enfermedad: diseasesickness, e illness. La primera es la dimensión biológica de la enfermedad, la siguiente es la visión subjetiva del enfermo, y la tercera es la dimensión sociocultural de la enfermedad.

Antropología aplicada a la salud

Los antropólogos que trabajan en este ámbito también realizan investigaciones como cabe esperar, pero no se limitan sólo a eso. En una primera fase suelen hacer observación participante, llegan a conocer y a convivir con una parte de la población, investigan sus condiciones socio-culturales, sus creencias, miedos y necesidades. En una segunda fase, algunas de las tareas que desempeñan estos antropólogos son co-diseñar políticas de prevención y protocolos de actuación. Ejercer como consultores en hospitales, empresas y administraciones dedicadas a la mejora sanitaria. Y trabajar codo con codo con profesionales de todos los ámbitos, favoreciendo el diálogo entre las partes para mejorar las experiencias humanas y el uso de los recursos. Por último, podríamos señalar una tercera fase en la que validan los resultados y propuestas, y supervisan los cambios producidos y cómo son percibidos por la población. Durante el proceso, además, tratan de asegurar la dignidad, el respeto y los derechos fundamentales de las personas afectadas. En definitiva, la antropología aplicada a la salud trabaja en identificar, gestionar y resolver problemas sociales vinculados con la triada salud-enfermedad-atención en distintos contextos.

Estados Unidos fue uno de los primeros países en el que los antropólogos aplicados encontraron espacios de trabajo, aunque países como Canadá, México y Brasil no tardaron en sumarse. A finales del siglo pasado, estos países crearon programas de gestión e intervención sanitarias en comunidades de minorías étnicas (comunidades afroamericanas en EEUU, comunidades indígenas en Brasil y México, etc). Los antropólogos que se ocuparon de ejercer esta labor fueron adquiriendo experiencia en el manejo de cierto tipo de situaciones, y pronto empezaron a ser llamados por los gobiernos para que participaran en programas de ayuda internacional promovidos por organismos como la OMS, Médicos sin Fronteras o Cruz Roja.

En la década de los 90, la epidemiología del sida se presentaba como un problema sociosanitario global, y supuso un rompecabezas difícil de comprender. Había que actuar rápido por lo que, de nuevo, ciertos gobiernos decidieron contratar a antropólogos. Su trabajo era etnografiar las prácticas habituales de los grupos donde más prevalencia había de esta enfermedad (MacQueen 1994; Merson, 1993). Algunos estudiaron las vidas de yonkies en Nueva York (Waterson, 1997), mientras otros escribían sobre las conductas habituales de las jóvenes madres en Ruanda, Uganda y otros países africanos donde la epidemia crecía incontrolablemente. Gracias a los trabajos etnográficos de esta década, los antropólogos desvelaron muchas de las prácticas de alto riesgo de contagio, y ayudaron a las administraciones a desarrollar campañas de prevención e información a la población.

En otro caso, las administraciones públicas y los médicos de un pequeño pueblo de Perú habían advertido numerosas veces a la población de la necesidad de que hirviesen el agua que iban a consumir para prevenir la proliferación de enfermedades como la tifoidea o el cólera. Sin embargo, tras dos intensos años de conferencias y visitas domiciliarias, descubrieron que sólo una pequeña parte de la población estaba hirviendo su agua. Nadie podía entender por qué no les hacían caso, y decidieron enviar a algunos antropólogos para que les ayudasen. Uno de los antropólogos que mandaron fue Donald Joralemon, quién descubrió que en esta sociedad existía la creencia de que beber demasiado agua que había sido previamente hervida podría alterar tu equilibrio interno, y causar enfermedades a la larga (Joralemon, 2010). Naturalmente, para ellos era muy difícil entender que hervir el agua la hacía más segura y buena para su salud.

Esta es otra de las maneras en que la antropología médica es necesaria. Cuando no se entiende la cultura de alguien, se hace muy difícil comunicarle efectivamente cómo prevenir una enfermedad o qué medidas son necesarias para garantizar la salud de la población. Por eso, es extremadamente importante entender cuál es la situación de partida y ser capaces de responder a ciertas preguntas: ¿Qué piensan los individuos de ese contexto? ¿Cómo conceptualizan ellos la salud y la enfermedad? ¿Cómo la han afrontado tradicionalmente? ¿Cuándo y cómo llegaron otras formas de sanidad? ¿Fue un proceso paulatino y bien recibido, o por el contrario supuso un cambio forzado? ¿Cómo han sido recibidos estos cambios por la población? Una vez seamos capaces de responder a estas y otras preguntas, podremos desarrollar programas de actuación concretos, basados en el respeto y la tolerancia a las diferentes formas de concebir la salud. Podremos organizar charlas y debates con los autóctonos, facilitar talleres de formación, ejercer la mediación, y promover cambios infraestructurales que atiendan a las necesidades reales de las personas que allí habitan.

En materia de Salud Pública los antropólogos han demostrado ser buenos en la integración de sistemas alternativos médicos en ambientes culturalmente diversos y trabajando como mediadores culturales. Desarrollando iniciativas como intervenciones de salud comunitarias en espacios interculturales. Facilitando talleres de formación específicos con sectores diana de la población, en la mejora de las condiciones de instituciones psiquiátricas (Caudill, 1966; Goffman, 1988), en la programación y evaluación de programas alimentarios (Ruth Benedict y Margaret Mead pertenecieron al Comitee on Food Habits de EEUU), sobre alcoholismo, o el uso de drogas (Nuria Romo, 2005) o como consejeras en temas de salud y género en organismos como la ONU y la OMS (Marcela Lagarde, Adriana Kaplan)

Los antropólogos también pueden ser muy útiles para realizar estudios de adherencia terapéutica, por la complicidad durante las entrevistas que se busca en ese tipo de estudios que conllevan test como Haynes-Sacket. También son excelentes investigadores para otros estudios observacionales como estudios epidemiológicos. Otros fusionan técnicas de la antropología con metodologías de design thinking para mejorar hospitales y centros de salud. Si nos quedaban campos donde entrar, en los últimos años “un gran número de temas que habían estado alejados de la inquietud de los antropólogos, como las tecnologías médicas, la ingeniería genética, las técnicas de reproducción asistida o las propias enfermedades biomédicas (tuberculosis, depresión, VIH-sida o las biopolíticas del comercio clandestino de órganos) han ido conformándose como objetos de investigación” (Martínez, 2008). En esa línea encontramos a Carlos Bezos, el cual ha trabajado durante años en clínicas de fertilidad, y que ahora dirige el Instituto de la Experiencia del Paciente en España. O a Ana Toledo Chávarri que trabaja en el  Servicio de Evaluación del Servicio Canario de la Salud (SESCS). Otras antropólogas como Elisa Sobo o Arachu Castro, han pasado parte de sus vidas profesionales en la academia, y parte trabajando en hospitales.

Parece que son muchos, pero en mi opinión, no hay suficientes. Como ya comenté en otro artículo, no hay una sola disciplina que se pueda encargar de las problemáticas sanitarias. Se hace muy pertinente la necesidad de más perfiles humanísticos y sociales encargados de co-diseñar y supervisar los espacios y culturas de la salud-enfermedad-atención. Muchos médicos señalan la necesidad de comprender mejor las condiciones socio-culturales de sus pacientes para realizar mejores diagnósticos. La antropología de la salud aporta información a los estudios sobre la interacción entre los factores culturales y ambientales y la salud de las personas. Y fomenta la visión del individuo desde una perspectiva holística: ser biológico, psicológico, social y cultural, haciendo hincapié en la subjetividad de éste como paciente.

La aplicación de la antropología médica es indispensable para la mejora cualitativa de la calidad asistencial, de las experiencias percibidas por los pacientes y los profesionales y de un uso más racional de los recursos.


*Graduada en Antropología Social y Cultural por la Universidad de Granada y Máster de Investigación y Uso racional de los Medicamentos por la Universidad de Valencia. Esta investigadora ha trabajado en la Universidad pública y en el sector privado -tanto a escala nacional como internacional- en temas de consumo.

 

Texto tomado y Modificado de: “Entre culturas y diagnósticos: Antropología de la Salud” Publicado el 7 abril, 2017. bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional. Puede leer el original haciendo click en este link

 

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