Vivencias y reflexiones gestadas en la sala de espera de UTIA

El siguiente texto fue escrito por la esposa de un paciente que estuvo internado en Terapia Intensiva durante 25 días en los momentos que ella permanecía en la sala de espera. El mismo pone de manifiesto sus vivencias con muchos matices y lucidez. Las reflexiones que acompañan su experiencia constituye un aporte valioso tanto para las personas que atraviesan una situación similar como para los profesionales y el personal de Cuidados Críticos. Imperdible su lectura.

 

Terapia intensiva: 

Un lugar donde el tiempo transcurre de formas muy diferentes, según quién es el protagonista.

La terapia intensiva es como un escenario giratorio. Las diversas circunstancias van ubicando a los personajes, a veces como protagonistas, y en otras ocasiones como actores de reparto. Para los familiares, el protagonista es el paciente internado. Y para los médicos, enfermeros y kinesiólogos, en principio, también. Pero pasado cierto tiempo, después de internar al paciente, ubicarlo en la habitación, conectarlo al respirador si fuese necesario, hacer los primeros análisis que permitan al médico facilitar una compresión diagnóstica, el protagonista pasa a ser el médico.

En esta instancia, para los familiares existen dos protagonistas: su familiar y el médico. A ambos los unen la necesidad imperiosa de estar en contacto, de hacerles saber que allí están, presentes, acompañando el minuto a minuto. En cambio, para los profesionales de la terapia intensiva, el protagonista indiscutible es el médico, quien en esta situación sufre una metamorfosis. Quizás ayudado por su guardapolvo blanco y por el mito popular sobre la imagen divina, él se transforma en un dios en la Tierra. Los familiares depositan en el médico el poder de la sanación, y a su vez él siente que tiene un poder cuasi omnímodo que le permite ver y pensar por el paciente, y en el paciente.

Así es como el convaleciente deja de ser el protagonista, transformándose en un objeto, muy preciado y cuidado, pero un objeto al fin. Y la extrema pasividad en la que se encuentra, potencia y facilita que también él mismo se sienta como tal.

Aun teniendo en cuenta que la gran mayoría de los pacientes internados sufren de desorientación témporo-espacial, y que otros presentan alucinaciones o pensamientos delirantes, manifestaciones éstas últimas que no son permanentes, cuando el paciente recobra cierto grado de conciencia se vivencia a sí mismo como un objeto.

En este punto me parece útil explicitar el hecho de que en todo delirio siempre hay un núcleo verdadero, es decir que el delirio de una persona expresa de manera, digamos barroca, aspectos de su historia que en general son relevantes para ella.

Parafraseando una canción de Pablo Milanés, “El tiempo pasa…”, y aquella persona extremadamente pasiva comienza a ocupar nuevamente su cuerpo. Su presencia comienza a expresarse. Desde el lenguaje médico se dirá que están cambiando favorablemente los valores de laboratorio, desde lo psíquico decimos que su deseo de vida está re-instalándose en su cuerpo, del que había quedado disociado cuando se produjo el shock que lo llevó a la internación.

 

Querido lector,

Aquí comienza otra vez a girar el escenario. El paciente quiere ser escuchado. El médico, dios terrenal hasta este momento, se siente interpelado por la mirada de aquel que unos momentos atrás era un objeto preciado. Pero la mirada del paciente también se transforma en un espejo, poniendo de manifiesto una situación que podría vivir cualquier mortal y, ¡claro! el médico también lo es.

Entonces, ¿cómo seguir trabajando de un modo eficaz al servicio del paciente, sin quedar atrapados de alguna manera en la imagen fascinante de lo posible? Porque es conveniente aclarar que el terror también genera fascinación. ¿Cómo dejar ese lugar cuasi endiosado y continuar acompañando al otro, ya no objeto sino sujeto con nombre y apellido?

Se impone modificar la asimetría. Ahora hay dos hombres, uno que sufre dolores en su cuerpo y en su alma como consecuencia de la vivencia desbordante que lo llevó a la internación. Y un segundo, que siente en su cuerpo y en su alma diferentes sensaciones y emociones y, ¿por qué no?, ciertos síntomas, como resultado de este acompañamiento intensivo.

El paciente, en la gran mayoría de los casos, llegó a este lugar tan temido -y en la situación extrema, paradójicamente tan deseado-, en un estado de shock que le impide saber realmente lo que le está sucediendo. Los familiares agradecen a Dios, sean creyentes o no, que su querido familiar ya esté en la unidad de cuidados intensivos. ¿Podría el médico, en una situación tan extrema, en donde cada segundo cuenta, trabajar sin cosificar al paciente?

Hace muchos años, imaginar el escenario de la terapia intensiva era, para el saber popular, comenzar un duelo que se postergaría por un cierto tiempo, una suerte de final anunciado. Hoy, gracias a los avances en el campo de la medicina y la tecnología y a la calidad del compromiso de los profesionales, la terapia intensiva es para los familiares un lugar sumamente inquietante pero también lleno de expectativas positivas.

¿Cómo humanizar este bendito escenario tan complejo?

 

Querido lector,

Con el mayor de los respetos que tengo por los queridos locos que eligieron ser médicos especialistas en terapia intensiva, entre los que se encuentra uno muy querido: mi esposo, creo que la posibilidad de humanizar este escenario reside en no temerle al paciente.

¿Cuál es el poder que tiene esa persona convertida en un objeto para generar cierto grado de temor? Como dije al comienzo, en este escenario giratorio en el que el tiempo transcurre de maneras muy diversas, a veces un minuto es una eternidad y otras pareciera un segundo. Se crea como un juego de máscaras en el que, por momentos, los médicos ven un objeto preciado, los familiares ven a un dios terreno y, en determinado tiempo que nadie sabe cuándo ocurrirá, aparece un sujeto, aparece un hombre o una mujer que al mirar provoca la caída de las máscaras en juego, en un principio la propia, y luego las de los demás actores.

Así, el poder del paciente  nace de ser simplemente un mortal, como todos los magníficos actores de este drama.

Pero…

Escuchar al paciente podría convertirse en algo así como una película futurista que trae al presente la posibilidad de una vivencia de este tipo en el futuro. Imaginarse, sentirse empáticamente desposeído, quieto y a la espera de lo que otros decidan es, para cualquier persona, y particularmente para estos queridos locos, una escena temida.

Entonces…

Justamente porque el paciente expresa una posibilidad de la vida, es que sería muy importante trabajar, con los profesionales, las ansiedades que conlleva su tarea. Ayudarlos a perder el miedo a la propia emoción en el devenir de este admirable seguimiento y acompañamiento.

Escuchar, tener en cuenta al otro, es lo que considero que podría facilitar los ineludibles protocolos de procedimiento, de acuerdo con la particularidad de cada paciente.

Pero entonces…

Tendríamos que poder acordar que no solo hay enfermedades, sino también enfermos, personas con su historia de vida que manifiestan, cada uno de un modo particular, la enfermedad.

Lic. Mónica Pelcman

Psicóloga

MN 9745

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