¿Qué significa «morir bien»?

Cuando somos jóvenes, vemos a lo lejos una línea muy tenue, que es nuestra propia vejez (si acaso la vemos…) y creemos que tenemos todo el tiempo del mundo. Luego, cuando se acerca esta etapa, tomamos conciencia, cada vez más clara, de que se nos agota el tiempo. Y todo lo que queríamos hacer, tenemos que hacerlo a la brevedad o renunciar a ello.

En esa etapa final, uno de los mayores deseos es morir bien. Pero, ¿qué significa morir bien? Los valores personales van a influir en lo que cada uno de nosotros interpreta como una buena muerte. La ausencia de dolor y sufrimiento, la rapidez, morir mientras se duerme y el estar en paz consigo mismo, son las circunstancias que la mayoría de las personas considera ideales para tener una buena muerte. Un miedo muy común es perder la independencia, no poder alimentarse o cuidarse uno mismo. Este temor con frecuencia viene originado al haber observado a algún familiar en esta situación.

Sin embargo, el problema se origina por la diferente apreciación que existe sobre lo que es el sufrimiento, o cómo se percibe por el paciente, el médico o las personas que rodean a un enfermo. Incluso lo que cualquiera de nosotros creemos cuando estamos sanos y proyectamos para nuestro futuro, puede cambiar radicalmente si cambian las circunstancias de nuestra salud.

La muerte es algo que sucede a los demás. Lo vemos constantemente en el mundo que nos rodea: en las noticias sobre conflictos y guerras, en atentados, e incluso nos toca de cerca cuando nos enteramos del fallecimiento de alguien allegado. Pero siempre está lejos de nosotros. Vendrá, sí. No sabemos cuándo. Pero no ahora, ni mañana. Siempre habrá tiempo de pensar en ello. Pero nunca hay tiempo. Los problemas cotidianos ocupan todo nuestro espacio. Incluso a veces, en el mejor de los casos, tenemos tiempo de reflexionar pausadamente sobre aspectos trascendentales de nuestra vida. Pero es de nuestra vida, no de nuestra muerte. Si acaso, lejanamente, como algo impreciso, teórico, como pensar en de qué modo viviremos nuestra vejez, que siempre anticipamos a la muerte.

Construimos nuestras vidas a base de valores que nos hacen quienes somos y que forman nuestro yo. Y esa vida, en cualquier punto en que nos encontremos es la que va a determinar nuestra forma de morir. O, mejor dicho, la forma en que desearemos morir.

Hay quien preferirá morir conscientemente, despedirse de sus seres queridos, e incluso conocer cuándo será ese momento para poder prepararse. Otras personas, por el contrario, no querrán saber nada. Cerrar los ojos a la certidumbre del final, que les pille por sorpresa y dejar que todo acabe de repente. Pero siempre sin sufrimiento. Y todo ello dependerá de la forma en que entendamos la vida, de la forma en que, en fin, nuestros valores nos definan.

Las personas con valores profundamente religiosos, se aferrarán a ellos para poder estar en paz con Dios, y verán la muerte como la convicción de que la vida no termina en la nada, sino que va hacia una última realidad, hacia la realidad más profunda donde encontrará una nueva existencia. Las mentes científicas se agarrarán con todas sus fuerzas a su último aliento, en un afán por conocer que hay al otro lado.

Se ha hablado mucho de la “paz interior”, pero este no es un concepto universal, sino que cada individuo la siente de manera diferente. La única universalización consiste en morir con dignidad, siendo plenamente un ser humano hasta el último momento.

Y, ¿qué ocurre con las personas con enfermedades terminales? ¿Es importante que el médico conozca las decisiones del paciente sobre el final de su vida?

Está claro que sí. Sobre todo en este aspecto común: la ausencia de sufrimiento y la preservación de su dignidad, algo que todos compartimos. Pero la cuestión se centra en cómo el médico puede corresponder a los deseos del paciente desde una perspectiva individual.

Cómo conocer sus valores, que han de ser previamente plasmados en su historia clínica. Cómo ayudar en ese proceso de forma autónoma y sin despersonalizarlo. Aunque si no hay una conversación previa sobre el tema, la forma en como el enfermo entienda una muerte digna puede distar bastante de la idea que tenga su médico sobre este asunto.

Lo ideal es que el profesional que se ha ocupado desde el principio de ese paciente, sea el que esté a su lado al final. Pero eso no siempre es posible. De hecho, la mayoría de las veces no sucede así. Y como ocurre casi siempre, todo pasa por una buena formación. Y no una formación técnica (que ya se le supone al médico), sino ética. Una formación que incluya en la relación clínica todos los aspectos de la misma. Y si en esa relación clínica el médico tiene que tener en cuenta los valores de la persona, mucho más, deben de formar parte del proceso del final de la vida.

No creo que esto sea fácil en absoluto. Pero todos tenemos que poner nuestro esfuerzo y nuestra responsabilidad para poder conseguirlo. Todos queremos una buena muerte, aunque la idea de la misma no sea igual para todos.

La muerte y el proceso de morir han constituido un tema central en la ética a lo largo de la historia, sobre todo en cuanto a esclarecer la razón de qué significa el hecho de que la vida humana sea finita. Sin embargo, en la época actual, a la posibilidad de alargar la vida humana por métodos farmacológicos, terapéuticos y quirúrgicos, se añade una nueva perspectiva centrada en cómo enfrentarnos moralmente a la muerte, y las reflexiones se centran en el cuándo y cómo morir. En esta nueva cultura de la muerte, los enfermos ya no mueren en casa, rodeado de sus familiares, sino en los hospitales, donde fallecen rodeados de equipos médicos, y la mayoría de las veces, solos. Da la impresión de que las personas mueren en los hospitales porque los médicos han fracasado contra las enfermedades. En esta mentalidad, la muerte no es un acontecimiento humano y espiritual sino técnico. Aumenta el número de personas que muere tras largos periodos de inconsciencia, de forma que antes de la muerte clínica, propiamente dicha, o muerte biológica ya ha sucedido la muerte biográfica. Aunque cada vez más se habla de la autonomía del paciente, sus voluntades anticipadas, la decisión previa sobre como desea que sea su muerte, lo cierto es que los protagonistas y los que finalmente deciden sobre ella no son los pacientes, ni siquiera sus familiares. Los verdaderos protagonistas de estas decisiones son los profesionales que, en muchas ocasiones (demasiadas), aún poseedores de los mayores conocimientos técnicos y médicos, son desconocedores de los aspectos éticos que rodean al complejo proceso de la muerte.

Personalmente he vivido la situación en la que un médico rehusó emplear sedación terminal en una persona cercana sin posibilidad ninguna de curación, con el argumento de que acortaría su vida.

La prensa y publicidad sobre casos conocidos por todos tampoco han ayudado: se confunde eutanasia, suicidio asistido , ortotanasia y distanasia. Por no caer en la eutanasia, muchas veces se incurre en la obstinación terapéutica. Y aún en el mejor de los casos, en los que exista un testamento vital (desconocido por la mayor parte de las personas), este no contempla numerosas situaciones de complejidad ética.

Un ejemplo de la falta de autonomía de los pacientes terminales lo representa el hecho de que la mayoría de las veces se les oculta la gravedad de su estado y la proximidad de la muerte. Argumentando el principio de la beneficencia, los familiares, e incluso los médicos, ocultan la cercanía de la muerte para evitar sufrimiento al paciente.

Aunque se ha avanzado tremendamente en cuanto a tener en cuenta los derechos y dignidad de los pacientes en el proceso de morir, mi impresión es que hemos retrocedido en los aspectos más humanos. Si antiguamente la muerte se esperaba rodeada de familiares o amistades, se quería agotar el tiempo restante para hacer las paces consigo mismo, o con Dios, si se es creyente, en la actualidad se desea una muerte rápida, sin tiempo para pensar o sentir. El acompañamiento de los profesionales es meramente técnico, pero deshumanizado.

El médico argumenta, en muchos casos, que su deber es preservar la vida de las personas hasta donde se pueda, utilizando medios ordinarios. Emplear medios extraordinarios es lo que tienen que decidir el paciente y/o sus familiares. Pero, ¿cuáles son los medios extraordinarios? Dependerán, obviamente, del momento en que nos encontremos, de los avances con los que contemos. Lo que hace unos años se consideraba extraordinario, es ya ordinario. Por lo tanto, ¿hay que preservar la vida a toda costa?

En contrapartida, aún existen muchas dudas sobre cuándo realmente ocurre la muerte. Los estados vegetativos persistentes, aún a pesar de la profusa literatura médica que ocupa, siguen generando numerosas dudas éticas.

En conclusión, como he comentado anteriormente, se está avanzando mucho, pero se necesita hacerlo aún más, sobre todo desde un punto de vista práctico y real, para lo cual hace falta formación: formación de los profesionales de la salud, pero también la formación de todas las personas, en cuanto que tenemos que asumir nuestra finitud. No estaría de más que cada de uno de nosotros ocupara parte de su reflexión en temas como: enfermedad, vejez, y muerte, a fin de acercarnos a ellas de forma madura, enfrentándonos a la realidad.

 

Dra. Rocío Núñez Calonge

Doctora en biología. Master en Bioética Subdirectora Clínica Tambre. Directora científica

Texto tomado y modificado de: Revista de bioética «Bioética Complutense» , volumen 30, Junio 201 7 Segunda época, Reflexiones sobre la vejez, enfermedad y muerte en nuestros
días». Puede leer el original haciendo click aquí.

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Una respuesta a “¿Qué significa «morir bien»?”

  1. muy ciertas sus observaciones, pero siempre creo que buscamos el menor sufrimiento para nosotros es decir creo qie tene os miedo a lo desconocido pero quiero deiar lo mejor de mi y que les sirva a otros
    en definitiva lograr la mejor calidad de vida este tiempo

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